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Artículo publicado en La Vanguardia, domingo 6 de mayo de 2012
Las empresas se plantean internacionalizarse para diversificar su riesgo y crearse y aprovechar oportunidades en otros países, por ejemplo en las principales economías y los mercados emergentes. En el caso de los servicios profesionales esa necesidad también es evidente: despachos de abogados, de arquitectos y de ingenieros buscan crearse un espacio propio en el mercado internacional.
En general, nuestras empresas tienen suficiente talento para ser competitivas a escala internacional y la teoría sobre cómo internacionalizar una empresa es conocida, pero la realidad es que hay pocas empresas internacionalizadas. ¿Por qué?
En los principales foros sobre internacionalización normalmente se arguyen razones económicas o racionales para justificar la escasa apuesta internacional de las empresas: la falta de recursos económicos y de tiempo, los costes de oportunidad que conlleva, la pequeña dimensión de las empresas, la falta de una masa crítica o un proceso de recuperación de la inversión demasiado lento y difícil de soportar para algunas empresas, la dificultad para crear demanda, etc.
¿Por qué, en cambio, hay empresas que a pesar de ser pequeñas y de contar con una inversión limitada son capaces de internacionalizarse? En nuestra opinión, la clave reside en un intangible, su carácter, y, más concretamente, la capacidad de gestionar el miedo al fracaso. El miedo es el principal motivo, no reconocido, que paraliza los deseos de internacionalización de las empresas. Es una cuestión psicológica y, sobre todo, cultural. En nuestra cultura hay demasiada aversión al riesgo y miedo al fracaso. Por ello, la mayoría nos fijamos más en lo que podemos perder que en lo que podemos conseguir.
Como dijo Alonso de Ercilla y Zúñiga, “el miedo es natural en el prudente, y el vencerlo en el valiente”. Tener miedo es inevitable. La clave es gestionarlo bien. Una empresa madura sabe gestionar sus miedos, internamente y externamente. Es consciente de que la diferencia entre el éxito y el fracaso depende de su actitud.
Saber gestionar el miedo nos permite pensar, desde la tranquilidad, en lo que queremos conseguir. Nos ayuda a establecer prioridades, tener claridad estratégica. Las empresas con miedo suelen ser miopes, centradas en el corto plazo y no invierten en su marca, el verdadero seguro de vida empresarial. Por ansiedad, buscan resultados a corto plazo. No invierten en crear mercados en los que puedan ser la referencia. La ansiedad y la impaciencia, consecuencias también del miedo, son malas consejeras.
Las claves para superar los miedos son creer más en uno mismo, la ambición, objetivos claros, acción y esfuerzo concentrados, coherentes con la estrategia de internacionalización. Como dijo Peter Drucker, “donde hay una empresa de éxito, alguien tomó alguna vez una decisión valiente”.
© Francesc Dominguez, socio de Dominguez & Guiu |